10 de agosto de 2026

Los hijos de ARK 3

 


Knifes

 

El lugar estaba hasta el tope de gente; una voz por altavoz había anunciado “tercera llamada” y las luces habían disminuido; los murmullos se fueron apagando, después de una retahíla de aplausos.

O Fortuna velut luna statu variabilis, semper crescis aut decrescis; vita detestabilis nunc obdurat et tunc curat ludo mentis aciem egestatem, potestatem dissolvit ut glaciem.

El silencio se rompió de golpe, astillado por un trueno coral, al son de O Fortuna. Desde las sombras de los palcos Knifes se encontraba vigilando a su objetivo: un viejo gordo y pederasta, al que llevaba semanas siguiendo, un pez gordo del bajo mundo, bajo su camuflaje de empresario élite. Mientras la sala vibraba y retumbaba al son de los tambores y los coros, el hombre se levantó de su asiento y se deslizó entre el público hacia la oscuridad. Knife se incorporó, se ajustó su enorme abrigo de pelo sintético y salió en su búsqueda.

En el fondo, le alegraba salir del lugar. Siempre se sintió un extraño en esas aburridas reuniones llenas de caballeros con rígidos, asfixiantes trajes, todos en el mismo uniforme monocromático, y damas de escote entallado, peinados extravagantes, atiborradas de gemas y embadurnadas de polvo de maquillaje. Soportaba sus miradas críticas porque, desde luego, él destacaba como mosca en la sopa. Con su porte andrógino, sus botas negras de tacón alto, el intenso sombreado de ojos que daba profundidad abismal a su mirada. Llevaba uñas pintadas de negro, un crop top blanco con cuello en V y unos pantalones de cuero tan ajustados que le marcaban las nalgas. Sus únicos adornos eran el piercing de nariz, oídos y pezón, el tatuaje de una serpiente por arriba del ombligo y otros tantos que trepaban en los brazos.  

«¿Qué rumbo tomó ese cerdo?» Pensó al salir a los corredores, iluminados solo por unas horrendas luces led azules eléctricas. ARK había “renovado” ese viejo teatro colonial remplazando las pinturas, estatuas y la iluminación por estas aberraciones modernas, pantallas con su propaganda y luces led. Aunque esto le brindaba más oscuridad para actuar sigilosamente. El contraste de lo tecnológico con el viejo edificio le parecía de pésimo gusto, un aborto entre la estética colonial del siglo XVII y el minimalismo tecnológico actual. Recorrió los pasillos hasta bajar a la primera planta, justo cuando le vio atravesar la recepción con rumbo a un lateral del edificio, una puerta hacia los servicios y el sótano.

Trueno; vibración; el teatro entero retumba al compás de las varias tesituras del coro. Los cornos, trompetas, flautas y oboes realzaban la fuerza dramática del momento. Sin duda, perfecto para actuar con la distracción musical y el amparo del ruido. Se acercó sigilosamente al pasillo, donde se encontraban los servicios sanitarios para caballeros. Este mismo formaba una “L” con el otro que daba a la puerta del sótano: «vacío, hasta ahora todo bien». Aun con semejante abrigo, Knifes se mueve sigiloso como un gato. Al espiar por la esquina del último tramo del pasillo, encontró el primer escollo. Un guardia vigilaba el acceso al piso inferior, «Bien, hora de improvisar», sacó unos lentes de sol, grandes de montura cuadrada, demasiado grandes y demasiado rosas, se los puso y salió del pasillo rumbo al guardia, caminando con un contoneo exagerado y un brazo apoyado en la cintura. El hombretón se percató de su presencia.

—¡Hola, grandote! —. Se acercó a él con una sonrisa. —Tu jefe solicitó mis servicios allá en el escenario, me dijo que “tenía algo especial para mí aquí abajo”

Mientras lo decía, su voz se volvió infantil. Se movio un poco de lado, sacó un poco el culo e inclinándose, se puso las manos en su pecho.

El guardia, un hombre alto, negro, de marcada musculatura y con cara de pocos amigos, lo observó de abajo hacia arriba y le soltó a modo de burla. —¡Ja! No eres del tipo del jefe. Estás muy viejo; a él le agradan chicos, más tiernos…

«Hijo de puta, sabes a lo que se dedica» La sonrisa desapareció del rostro de Knifes por un momento, pero recobró la máscara sonriente de inmediato.

—Lárgate ya, rarito, o si no… —le mostró una macana que, por la punta, emitía descargas eléctricas.

—Oh, vas a castigarme con tu “fierro”—continuó Knifes, contoneando la cadera en tono juguetón—. He sido muy malo, papi, pero tu “varita” parece muy corta; la mía es más grande, ¿comparamos?

—¡Que te jodan, marica de mierda! — explotó el guardia, activando la barra de choque.

     Lo que ocurrió a continuación fue un destello de velocidad pura. Knifes esquivó la embestida girando su cuerpo hacia un lado. Aprovechando el impulso ciego del guardia, propinó un fuerte golpe de revés con la mano derecha directo al rostro del hombre, quebrándole parte de la mandíbula. En ese mismo instante, una cuchilla ósea translúcida desgarró la carne desde la parte interna de su brazo. Creciendo a una velocidad terrorífica, el colmillo de calcio se clavó profundamente en la garganta del oficial, quien gemía y se atragantaba con la sangre que le impedía respirar.

Mientras el guardia se desplomaba contra el suelo, ahogándose en su propia sangre, Knifes tiró con fuerza y sacó la letal cuchilla ósea de un solo tajo limpio. Se la mostró al cadáver con una sonrisa cínica.

—Te dije que la mía era más grande.

El primer espectáculo había terminado y los aplausos atronadores amortiguaron todo el ajetreo. Knifes registró el cuerpo en busca de la tarjeta llave de la puerta. El dolor que provocó la cuchilla al lacerar su cuerpo era insoportable, pero matar al infeliz había valido la pena; además, la herida comenzaba a cerrarse como consecuencia de su factor de curación.

Abrió la puerta magnética y comenzó a bajar por los escalones. Se encontró de golpe en una zona no renovada del teatro. El pasillo era estrecho, y las escaleras de metal viejo y angostas dificultaban notablemente su descenso debido a sus botas de tacón alto. El aire aquí estaba viciado, con olor a moho y humedad mezclado con tierra, y la iluminación aún más escasa. Aún eran visibles las vigas de madera que sostenían el estrecho pasillo y los viejos bloques de adobe; conforme bajaba, el ruido de arriba se extinguía, pero aún contaba con tiempo de sobra; el concierto no llevaba mucho de haber comenzado.

Llegó al pie de la escalera. Vacío, era una cámara con un techo bajo, un viejo almacén. El olor a humedad aumentó; también un olor a cloaca; Knifes avanzó sigilosamente pegado a los muros; un ruido sordo llamó su atención, un ruido metálico en la pared lateral. Vio una reja y una carita mugrienta intentando botar con un palo la cerradura eléctrica. Era una niña, no más de 8 años, descalza, desgreñada y vestía harapos. Pese a eso, golpeaba con fiereza la cerradura, sin compasión; apenas de pie y de puntillas alcanzaba el pestillo. La niña se percató de su presencia cuando él estaba ya a unos centímetros de ella. Con una reacción, la niña agitó el palo, como queriendo dañarle.

—Tranquila, fierecilla, ya te saco —le susurró mientras le quitaba el palo. —¿Sabrás de casualidad cuántos hombres hay más adelante? —Un murmullo se intensificó dentro de la celda; otros niños prisioneros se acercaron a ver. Eran al menos catorce niños con edades entre los siete y trece años.

El mayor sujetó a la niña que no articuló palabra alguna, pero gruñía e intentaba morder a Knifes —No te entiende y no habla, solo gruñe. ¿Quién eres?

Knifes abrió con la tarjeta magnética la cerradura. —Nadie, un amigo —contestó secamente—. Salgan, la entrada está libre —señaló el pasillo por donde bajó las escaleras.

—No, esa puerta da al teatro; si los adultos nos ven, no recluirán otra vez; iremos por allá —señaló una sencilla puerta de madera al fondo—. Esa da al alcantarillado; sale a los márgenes de West Rashid, Bahía Vieja, en sí, atraviesa la ciudad y posee varias salidas lejos de aquí; sabemos la ruta. La de la derecha es donde están esos hombres; son cuatro, pero—dudó el joven mirando dicha puerta.

—¿Pero?

 —Tienen a dos chicos con ellos.

—Descuida, espéralos tras la puerta; me encargo de que pronto los alcancen.

—Pero son cuatro y tú solo eres uno; además, están armados. Es injusto.

Kinfes sonrió para sus adentros y le revolvió el pelo— Sí, es bastante injusto— afirmó— pero si son hábiles con sus armas se equilibrarán un tanto las cosas.

Despachó a los chicos abriendo la puerta al alcantarillado con la llave tarjeta y se dirigió a la siguiente habitación

Knifes abrió la puerta lentamente sin hacer ruido.

Dentro, observó que cuatro hombres formaban un semicírculo, hipnotizados por el espectáculo del centro de la habitación. Un par de infantes no mayores de 13 años, subidos en una ridícula tarima a modo de escenario, desnudos, eran grabados con un móvil fijo en un tripie, mientras el cerdo que era su objetivo les indicaba instrucciones “tócate así”, “ahora hazlo con él”.

Ninguno de los guardias miró atrás. A tres metros, el guardia más cercano le daba la espalda; al parecer, grababa con un móvil. En las esquinas opuestas, dos más vigilaban a medias; el de la derecha frotaba su entrepierna por encima de su uniforme. El cuarto “la presa” estaba sentado frente al escenario improvisado y un escritorio, pantalones abajo, masturbándose con la mirada fija en el frente. «Cuatro objetivos», pensó Knifes y fue sacando cuatro cuchillas de su abrigo, cuatro cuchillas entre los dedos. «Debo ser preciso»

El aire siseó dos veces en una fracción de segundo. Los proyectiles cruzaron la sala hacia las esquinas. La primera hoja entró limpia por el ojo del tercer hombre y la segunda se hundió en su corazón; cayó como un saco de plomo. Casi en paralelo, los otros dos cuchillos impactaron en el segundo guardia: uno destrozó su mano y la clavó en su entrepierna y el otro le partió la garganta. Un ahogo sangriento fue lo único que llegó a escuchar el hombre más cercano. El guardia que tenía enfrente reaccionó. Giró sobre sus talones, alzando el arma. «Demasiado tarde», Knifes ya ejecutaba una maroma hacia el frente, barriendo el suelo. Quedó suspendido justo debajo de su línea de fuego. En un estallido vertical, se levantó con el canto de la mano derecha rígido como el acero. Un golpe seco rasgó el aire. Una onda de aire cortante rebanó la garganta del guardia. Al mismo tiempo, la mano izquierda del lanzador se transformó en un ariete que perforó el estómago del hombre.

Un disparo tronó en el rincón. El viejo bastardo había logrado empuñar su pistola. El impacto dio de lleno en el hombro de Knifes. El dolor quemó, pero no detuvo su brazo sano. Una última cuchilla brilló en el aire. El acero atravesó la mano armada del tirador con un crujido de huesos, clavándola de golpe contra el mueble de madera. El arma cayó al suelo. Solo quedó el eco del llanto y la sangre goteando. Los niños, presa de la conmoción, se habían acuclillado sobre la tarima; Knifes aspiró el olor a pólvora, miró a los infantes mientras se quitaba su abrigo y se los lanzaba, tomó el móvil del tripie con el que los grababan y muteó la grabación.

—Fuera de aquí —exclamó— y pase lo que pase, no me han visto.

Los jóvenes cubrieron su desnudez con el amplio abrigo y salieron de la habitación. Knifes tomó el tripie con el móvil aún grabando, situando el foco en su presa y dejando en todo momento su cuerpo o rostro fuera de cámara, volvió a activar el audio, grabando los gimoteos del viejo.

    ¿Quién eres? ¿Quién te manda? —Lloriqueó, intentó sacar la cuchilla de su mano, pero lo dominó el dolor y mejor lo dejó por la paz, arrodillado con los pantalones a medio subir, pegado al mueble por la navaja y la mano sangrante— ¿Acaso no sabes quién soy? Si es por la deuda, pagaré en cuanto mueva este cargamento; no es fácil mover a los niños…

Knifes sonrió; tenía lo que quería. Muteó nuevamente el video y sacó de cuadro al viejo. 



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